Carta para quien cuida a la persona que está en la cama.

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Lunática

Tú no me viste, pero yo a ti sí, la propia curiosidad de Andrea se ve superada por la de Lunática por lo que no pude evitar mirar hacia la puerta abierta. Tú creías que nadie te observaba, pero yo hice trampas, y aunque ahora te pido perdón, miré.
En la soledad te quitaste el traje de padre/madre/hermano/hijo ahora ya no eres el que cuida, sino tú ante tu propia preocupación, en la propia soledad nada hay que fingir por lo que me enseñaste tu cara, esa cara que hacía 5 minutos bailaba conmigo para hacer reír a quien querías ahora está cansada, esa cara joven ahora se vuelve vieja.
Siempre me pareció extraña la sensación que tenemos cuando apagamos una luz, el vacío que sentimos, como se desvanece todo ante nuestra mirada, a nadie le gusta  sentirlo y mucho menos cuando la luz que se apaga es la de la persona que queremos. Así estás tú.
No te toco pero te siento. Estás perdido en mares de informes, estás solo ante los abrazos, el olor que recuerdas es el del hospital: desinfección, a base de lejía, latex y esterilium. Los médicos te hablan en términos que solo ellos entienden y tú los escuchas a medias. Porque desde que el hospital es la casa de quien quieres ya nada está completo, ni tu capacidad de escucha, ni tu paciencia, ni tu humor y mucho menos tu corazón.
Y te preguntas muchas cosas en esa silla naranja, todo son porqués.
¿Por qué a él/ella? ¿Por qué no a mí?
Y después de los porqués a veces nos arrepentimos, los quizás también llegan, las promesas y cualquier ritual emocional que nos haga agarrarnos al mastil de la cordura es bienvenido. Y así sigues estando tú.
Tú ante la realidad y preso del recuerdo, vives en el mundo dividido, en el antes y el después de la enfermedad.
Y ahora tus manos tocan tu pelo, tus ojos están cerrados. Suspiras.
En unos instantes yo me iré a otra habitación, seguiré jugando.
En unos instantes tú te levantarás y volverás a la habitación, tus ojos parecerán cansados, pero aprendiste a tragar el sufrimiento por amor a quien sufre, por lo que seguirás con las bromas y el humor, porque de hecho no pasa nada.
Nada pasa, ni siquiera el tiempo.
Pero quiero decirte algo, quiero decirte que aunque ahora mismo de nada te sirvan mis palabras, el amor aunque sea en un cama y alumbrado  por un gotero no se apaga, que los recuerdos bonitos prevalecen ante la desgracia, que la risa no se va, en mi maleta no llevo mucho, ojalá tuviera una lista de respuestas y porqués, pero puedo ofrecerte un pompero y una sonrisa… Aunque poco sé, sé una cosa: no tienes culpa de nada.
Y recordarte que la esperanza es la mejor arma ante cualquier batalla.
Nuestras narices no solo eran para la persona con pijama, también eran y son para ti, y cuando bailamos, ella rió, pero tú también.

Lunática bajo la lluvia

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